El Campamento Hereje

PARTE 2

La noche del cerco llegó sin trueno ni relámpago.

El cielo se cerró sobre el valle en un negro más espeso que cualquiera de los anteriores y, donde debió colgar la luna, solo flotaba una esfera enferma, moteada por manchas oscuras que devoraban su propia luz. La nieve volvió a caer, lenta, pesada, con un olor a charco estancado que se pegaba en la nariz y no se iba.

El frío se volvió obstinado, las fogatas se negaban a nacer, las pocas que lo lograban ardían con llamas amarillas, cortas, que parecían avergonzadas de sí mismas, los animales que quedaban se recostaron cerca de las empalizadas y dejaron de intentar levantarse, sus ojos se enturbiaron antes de que el pecho dejara de moverse.

El suelo crujió como corteza reseca, desde la pampa negruzca comenzaron a alzarse siluetas desgarbadas, unidas por un mismo ritmo invisible. Eran hombres que ya no eran hombres: guerreros muertos, cubiertos de piel podrida, con brazos envueltos en ramas astilladas, raíces rodeando sus costillas como jaulas vivas, de sus espaldas brotaban setas purulentas que se agitaban con cada paso, como si intentaran esparcir enfermedad sobre el mundo, sus ojos estaban llenos de savia coagulada, pero vacíos de alma.

Llegaron gritando con un sonido áspero, vegetal, como ramas desnudas frotándose unas contra otras en un bosque sin viento, corrían torcidos, frenéticos, con una fuerza que sus cuerpos despellejados no deberían tener, con velocidad sobrehumana. Las manos terminaban en garras de madera astillada, las bocas chasqueaban como si masticaran un fruto que nunca terminaban de tragar.

Durán fue el primero en moverse. Su voz rasgó el aire helado como una cadena tensa:

—¡Escudos al frente! ¡Puntas bajas! — ¡Aguanten! —

Hombres y mujeres de todas las tierras, campesinos, mineros, albañiles, madres que habían aprendido a sostener una lanza antes que a llorar, se apretaron hombro con hombro, levantando lo que tenían: tapas de barril, tablones claveteados, puertas rotas arrancadas de casas que ya no existían. Las primeras criaturas chocaron contra la línea improvisada y la madera gimió, se astilló, se hundió. Las lanzas penetraron entre trozos de corteza y carne podrida.

Los que estaban en la primera fila sintieron cómo las raíces se enroscaban en sus brazos, trepando por el metal de cuchillos herrumbrosos. Un hombre corpulento venido de los campos de Danios, cayó con la garganta abierta por una garra de madera; aun mientras se desangraba, mantuvo el escudo en alto, muriendo aplastado luego por la turba de la mortandad.

—¡No retrocedan! —bramó Durán, con el martillo negro chorreando savia oscura y sangre humana a partes iguales.

Los muertos arbóreos se lanzaban sobre ellos como perros rabiosos, pero los vivos habían aprendido la lección de la desesperación. Palas que habían cavado tumbas ahora partían cráneos revestidos de musgo, guadañas que cosecharon alimento ahora desgarraban costillas mohosas.

Cayeron muchos… Demasiados.

Pero por cada vivo que se quedaba en la nieve, otro ocupaba su lugar en la línea. Nadie huyó. Las manos que temblaban se afirmaban en el mango de la lanza cuando sentían el peso del compañero a la izquierda, del desconocido a la derecha. Todos respiraban al mismo ritmo, como si compartieran un solo pulmón prestado.

Cuando el último de aquellos guerreros arbóreos se derrumbó con un chasquido de ramas rotas, el campamento entero apestaba a savia rancia y sudor helado, la nieve estaba llena de astillas negras y trozos de piel. Nadie levantó los brazos para celebrar, se quedaron allí, encorvados, jadeando, mirándose unos a otros como quien se reconoce en un espejo deformado.

—Esta noche le arrancamos un aliento a la muerte —dijo Durán, sin gritar, con la voz raspada—. Si quiere el siguiente, va a tener que venir por él.

Sonrisas sanguinolentas y desdentadas, golpes de ánimo entre camaradas, lanzas clavadas en la tierra y promesas a los muertos. No había sacerdotes para consagrar nada, ni pergaminos para escribir votos, pero aquella noche, en la nieve manchada, manos de todas las tierras se cerraron en torno a empuñaduras de armas pobres y, sin arrodillarse ante nadie, juraron quedarse donde el resto correría, y entre susurros cansados, se nombraron como la Hermandad de la Guadaña, los campesinos y albañiles que habían enfrentado al ejército de los muertos.

Durmieron poco, casi nada de hecho, algunos ni siquiera se permitieron cerrar los ojos. Aun así, al caer el siguiente día, algo brillaba en sus miradas, como una testaruda negativa a regalar su aliento sin cobrar un precio.

Cuando cayó la noche el cielo no cambió de color, solo se hizo más pesado, como si hubiera descendido unos metros sobre la pampa. La luna enferma seguía colgando arriba, pero ahora las manchas negras se habían extendido, cubriéndola casi por completo. La nieve dejó de caer por un momento y el silencio dolió en los oídos.

La vanguardia de la purulencia llegó con figuras de costillas abiertas de las que salían raíces chorreantes, torsos atravesados por ramas que se movían como huesos extra. Cascos oxidados fusionados a la corteza de sus cráneos, estandartes formados por tejidos de piel que latían como si respiraran. Bajo sus pies, la nieve se teñía de un gris oscuro que no se diluía.

Montículos de cadáveres enlazados entre sí por raíces gruesas como serpientes, venas expuestas que trepaban por piernas y brazos, sosteniéndolos en una unidad imposible. Cada paso de aquellos colosos arrancaba chapoteos húmedos; organos y huesos caían de sus cuerpos para luego ser absorbidos nuevamente por la masa, como si el árbol muerto quisiera recuperar hasta el último fragmento de sus sirvientes. Entre las filas, las sombras encapuchadas levantaban báculos trenzados de raíces negras, de sus gargantas brotaba un chillido, un murmullo cargado de tierra y rencor en un idioma inentendible, el eco del mantra parecía repetirse en las bocas selladas de los muertos.

El constructor ordenó la formación sin necesidad de gritar, La Hermandad de la Guadaña se apretó frente a lo que quedaba del campamento, con sus escudos improvisados, las armas rotas, los ojos hundidos, pero firmes. Nadie había olvidado lo que habían logrado la noche anterior, ni lo que les había costado. Pero esta vez, la ola los sobrepasó.

Los primeros en caer fueron arrastrados hacia arriba, incorporados a los gigantes como piezas nuevas, los hombres miraban como las raíces desprendían extremidades y atrapaban a sus compañeros dentro de fauces arbóreas y demoniacas. La Hermandad retrocedió paso a paso, clavando lanzas, destrozando mandíbulas que no dejaban de cerrar, rompiendo dedos que insistían en aferrarse a sus tobillos. Por cada enemigo que derribaban, dos más ocupaban su lugar. Una lanza atravesó a tres criaturas a la vez y aún así estas siguieron avanzando, empujando el arma más profundo dentro de sí mismas, emanando un graznido aterrador.

Desde las murallas de Artahshar, las antorchas blancas brillaban con orden cruel, los virotes encendidos comenzaron a caer, trazando líneas de fuego entre los vivos y los muertos. Una tienda se encendió como si estuviera empapada en aceite, iluminando durante un segundo los rostros exhaustos de quienes peleaban debajo. El círculo se cerraba, la Hermandad, ya reducida, se vio acorralada entre el muro de carne podrida que avanzaba y la muralla de piedra que seguía sin abrirse, los pies se hundían en una mezcla de nieve, sangre y savia, cada respiración dolía como si inhalaran astillas.

Entonces, desde lo alto, se oyó el cuerno. Un sonido grave, que cortó el rugido agudo del canto de los nigromantes. La puerta de las almas se sacudió y los cerrojos internos se deslizaron con un estallido metálico, las hojas del portón se abrieron de golpe y de su interior salió una ola de luz blanca y metal bruñido. La caballería se lanzó al valle.

Lanzas de asta larga, flores anaranjadas bordadas en estandartes que ondeaban como fantasmas sobre los cascos. Los caballeros cubiertos de armadura plateada parecían surgir directamente del fuego de Vaelor: las placas reflejaban el resplandor del Monasterio Volcánico, sus cascos tenían viseras talladas con formas de pétalos, espadas largas ardían con un brillo que recordaba al viejo Sol.

La primera carga de los Caballeros de las Flores atravesó la vanguardia del Ejército del Árbol Podrido como un cuchillo en fruta madura, los cuerpos se partieron, las raíces se cortaron, los estandartes vivos fueron aplastados bajo cascos de guerra. Los gigantes tambalearon al recibir el impacto de las lanzas reforzadas con fuego sagrado; por un instante, el horror se detuvo, como si incluso la podredumbre recordara lo que significaba el miedo, la batalla dejó de ser una defensa y se convirtió en un nudo.

La Hermandad de la Guadaña se pegó a los flancos de los caballeros sin órdenes formales, allí donde la plata sagrada abría una brecha, las manos sucias de campesinos y herreros se colaban para rematar lo que quedaba en pie. Caballeros desmontados luchaban codo a codo con mujeres de vestidos harapientos y una cuchilla en la mano, ancianos de ojos rojos por el humo cubrían la guardia de los paladines que curaban heridas. Tierra, acero y raíz se enredaron, pero la marea no cedió.

El Ejército del Árbol Podrido mostró entonces lo que guardaba en sus profundidades: figuras altas, alargadas, cubiertas de marañas de ramas como túnicas, que alzaban los brazos y, con un gesto, hacían estallar el suelo bajo los cascos; enjambres de insectos negros, nacidos de dentro de troncos huecos, que se pegaban a las ranuras de las armaduras; criaturas cuadrúpedas de torso humano que se movían con una velocidad imposible sobre la nieve. Poco a poco, los Caballeros de las Flores comenzaron a caer, atrapados por tentáculos vegetales que brotaban del subsuelo, derribados por golpes de bastos más duros que el hierro. Algunos caballos se frenaron en seco, con los ojos en blanco y la espuma congelada en la boca. La línea humana se dobló, se sintió la presión, y los escudos estallaron en pedazos.

—¡Retirada hacia las puertas! — gritó una voz desde la segunda fila de la caballería, un tono curtido por años de mando, sin rastro de miedo—. ¡Dentro de la ciudad, ahora! — El caballero plateado de yelmo alargado, adornado con plumas de ave de fuego levantó su espada en llamas dibujando círculos en el aire mientras su caballo levantaba las patas delanteras.

Los oficiales repitieron la orden, pero no todos obedecieron de la misma manera. En el umbral del portón, un grupo de paladines con las armaduras impecables detuvo el avance de los refugiados harapientos que intentaban aprovechar la retirada para entrar. Escudos pulidos se cruzaron ante rostros cubiertos de hollín, las lanzas apuntaron, y no hacia los muertos.

—El paso es para los consagrados —dijo una voz apagada bajo el casco—. Ellos eligieron su lugar.

Detrás, los campesinos se defendían a golpes de martillo contra una columna de cuerpos que no dejaba de avanzar. Durán estaba allí, con la cara partida y ensangrentada por un corte antiguo reabierto, empujando a los suyos hacia la muralla mientras levantaba el martillo para cubrirles la espalda. Sus ojos se encontraron, por un instante, con los del paladín que bloqueaba la entrada.

El caballero que llevaba el Zhar Ptitsa grabado en la coraza se interpuso entre ellos, tenía el peto y el faldar abollado, la capa desgarrada y la espada manchada de savia negra. Las flores bordadas en su capa estaban chamuscadas, pero todavía se distinguían. Hizo un gesto seco con el arma, empujando las lanzas de sus propios hermanos a un lado.

—O entran ellos… o yo me quedo fuera —dijo, sin gritar, con una autoridad que no necesitaba adornos—. Y quien levante un arma contra uno de estos hombres, la levanta contra mí.

Los paladines vacilaron, apretaron los dientes y miraron hacia el Monasterio como si esperara una señal divina, pero lo único que llegó fue un aullido lejano de la horda y el chasquido de las raíces brotando del suelo a pocos pasos de la puerta.

La Hermandad cruzó el umbral mezclada con los caballeros, arrastrando a sus heridos, cargando a quienes ya no podían caminar. El conflicto no se apagaba, los muertos seguían avanzando y la primera línea seguía cayendo, la retirada estaba tomando demasiado tiempo. Mientras los hombres se apretujaban en el acceso de piedra, el suelo volvió a estremecerse, esta vez, el temblor venía desde atrás del ejército del arbol muerto. Un zumbido grave se deslizó por las rocas y se coló en las entrañas de la ciudad, haciendo vibrar los vidrios, las armaduras colgadas, los dientes en las bocas y en la oscuridad, más allá del borde del combate, algo se movía entre las sombras de la llanura.

Ruedas, vapor y metal despertaron en las entrañas de la piedra, entonces las montañas rugieron y se pudo sentir el silbido de la presión que hacía vibrar el aire dentro del pecho, como si los pulmones fueran a quebrarse, le seguían golpes metálicos y pesados, repitiéndose en una cadencia demasiado precisa para ser casual. De la penumbra oriental emergieron formas toscas y rectangulares, bajas, acorazadas con placas de metal oscuro que a medida que avanzaban, expulsaban nubes de vapor azul por pequeñas chimeneas en sus costados, se movían a una velocidad considerable para lo pesados que se veían. Cada exhalación producía un resoplido húmedo, casi un suspiro, como si las máquinas respiraran. Runas incandescentes se encendían sobre sus flancos al contacto con los primeros muertos, los símbolos cambiaban de intensidad, pasando de un rojo opaco a un blanco hiriente cada vez que los cuerpos putrefactos se azotaban contra los cantos de la maquinaria de guerra enana. Los tanques no se detenían: aplastaban cráneos y columnas vertebrales bajo ruedas dentadas, mientras manos descompuestas se aferraban inútilmente a los ejes como insectos adheridos a una lámpara caliente.

Detrás los monstruos de acero, marchaban con orgullo los jabalíes blindados de los Khazads con colmillos reforzados en hierro y ojos cubiertos por visores. Sobre ellos, los enanos vestían armaduras articuladas de placas superpuestas, respirando nubes de vapor gris por entre las junturas, rematando a los rezagados de las líneas de la muerte. Sus martillos de doble cabeza y mazas con largas y toscas púas dejaban arcos de luz dorada en el aire, cada impacto contra un cuerpo enemigo reducía carne y raíz a una pasta negra que humeaba.

El Tecnomante, cubierto de cilindros y engranajes en la espalda, alzó la voz por sobre el estruendo. Sus palabras eran rocas montañosas en un derrumbe.

—¡Abran paso, el Padre de los Engranajes exige cuentas!

Los cañones rúnicos giraron como si obedecieran a un mismo pensamiento y un solo disparo abrió un túnel limpio en medio de la horda, evaporando filas enteras de muertos en un resplandor breve y estruendoso. La brecha no duró mucho, nuevos cuerpos se precipitaron para rellenarla, pero los Khazads ya estaban en movimiento, empujando hacia la muralla como una cuña de hierro candente. Cuando el amanecer sanguinolento se hizo notar, solo había restos de cuerpos destrozados, la nieve apestaba a violencia, el aire olía a muerte.

Los enanos cruzaron el umbral de la Puerta de las Almas sin inclinar la cabeza, con el rey de Khaldurun a la cabeza de la marcha, junto al Tecnomante y la guardia montada, atravesando la frontera sagrada como se atraviesa una mina conquistada. Las puertas se mantuvieron abiertas para su entrada, pero nadie los recibió más que el ejército que había combatido a su lado. Dentro de Artahshar, el fuego no era tan puro como parecía.