El Campamento Hereje
PARTE 1
El humo del Monasterio Volcánico se pegaba a la ropa como un juramento roto. Aun semanas después de haber sido expulsados, muchos refugiados cargaban encima el mismo olor acre de la piedra quemada, grasa humana, ceniza de fe. Cuando el viento bajaba desde la montaña, el campamento entero olía a altar profanado.
Los paladines y clérigos los habían echado por la Puerta de las Almas al amanecer, uno tras otro, como escoria filtrada de un crisol. Un campesino refugiado, obligado a arrodillarse se negó al martirio sagrado; él miró hacia la ciudad una última vez, pensó en la esposa, pensó en la hija y dio un paso atrás. El paladín que llevaba el estandarte de la flor en llamas lo miró en silencio, tomó un hierro al rojo y le grabó el antebrazo cual ganado. El olor a carne quemada se mezcló con los cánticos de la liturgia de la mañana. Lo empujaron fuera de la muralla junto con otros, y la puerta se cerró tras ellos con un golpe metálico, definitivo. Desde entonces, cada día era igual para los expulsados: despertarse con hambre, respirar el humo que bajaba de la montaña, contar cuántos no lo habían logrado, dormirse con hambre.
Al pie de las murallas grises el campamento creció como una costra mal cuidada, tiendas remendadas con cuerdas deshilachadas, mantas agujereadas compartidas por familias enteras, lámparas de aceite que apenas se atrevían a encenderse. A ratos, desde lo alto de Artashahr, lanzaban grandes cargas de ceniza en sacos de cuero que caían pesados sobre la nieve. Al romperse, liberaban nubes grises que el viento arrastraba sobre los no refugiados.
Empalizadas improvisadas se levantaban torpes alrededor de los techos harapientos que cubrían los rostros grises y las manos frías, los llantos de niños angustiados por el hambre invadían el silencio de la pampa mientras las piras del interior seguían crepitando con su ritmo lento, religioso. Desde el eclipse los días eran oscuros, solo una luz rojiza era capaz de filtrarse por entre las nubes negras permitiendo una escasa y limitada visión del territorio, pero las noches… Las noches eran de una oscuridad densa y viscosa que parecía meterse bajo la piel como la garuga del invierno costero, los astros abandonaron a los humanos y se escondieron detrás de un velo podrido que devoraba todo atisbo de luz.
Artashahr dominaba el valle como un coloso cansado, como arrancada de las entrañas del anillo montañoso y alisada a golpes de martillo divino. En los días de cielo más claro, cuando el sol daba gritos de desesperación lanzando fuego por sobre su antagonista, se alcanzaba a ver el resplandor del Monasterio Volcánico. La fortaleza estaba construida directamente en la montaña entrelazadose de manera perfecta con las torres que terminaban en cúpulas bulbosas, ennegrecidas por el hollín, que exhalaban un resplandor rojo anaranjado cada vez que las puertas del templo se abrían como fauces del volcán para las ceremonias. Cada apertura era una respiración: la luz caía sobre la nieve negra y por un instante parecía que la montaña entera destilaba magma por sus costados. Cuando los paladines entonaban las letanías a Vaelor, un temblor leve recorría el suelo. Los platos chocaban entre sí, las agujas se movían en las mesas de los herreros, los bebés dejaban de llorar como si algo invisible hubiera puesto una mano sobre sus bocas. Al final de las plegarias, una bocanada de vapor rojo escapaba de la ladera, trepando por el aire helado como un suspiro del corazón del mundo.
Para quienes miraban desde abajo, el Monasterio Volcánico era una herida abierta de fuego en la montaña, supurando luz y humo. Una fractura por donde el invierno era detenido a golpes de ceniza.
La noticia de la caída de los feudos exteriores no llegó, no quedaron heraldos vivos, simplemente una tarde, los matorrales de la pampa se apagaron de golpe; dejó de oírse el zumbido de los insectos, los pájaros huyeron sin despedida, y un silencio gordo, pesado, descendió sobre la tierra como una tela húmeda. El olor llegó después, madera mojada y carne podrida, un tufo dulce y agrio que se pegaba a la garganta. Las teas encendidas temblaban sin viento, las llamas se doblaban hacia un punto invisible en el horizonte.
Durante el atardecer, en la distancia, la torre de la atalaya occidental se recortaba negra contra la franja púrpura del cielo. Muchos del campamento lo reconocían, algunos habían crecido en sus sombras. La vieron torcerse, no derrumbarse ni arder, ni explotar; torcerse, como si una mano gigantesca lo hubiese aplastado desde arriba. Las murallas se hundieron hacia adentro, y al cabo de un minuto ya no quedaba nada que recordara una fortaleza, solo una masa irregular, como un grumo de carne vieja sobre la llanura.
Cuando la primera lluvia negra cayó sobre el campamento, nadie pensó en refugiarse. Las gotas golpeaban la piel como agujas frías y allí donde se quedaban, dejaban manchas oscuras que comenzaban a pulsar, como si pequeños corazones invisibles latieran bajo la dermis. Algunas noches, los refugiados encendían hogueras cerca de los monolitos de piedra que marcaban los límites sagrados de la ciudad, antiguos pilares tallados con inscripciones sagradas, erigidos siglos atrás para delimitar el territorio protegido y el camino de los muertos.
Las noches comenzaron a poblarse de susurros que no pertenecían a los vivos, pasos sobre la nieve, demasiado livianos para ser los de un hombre, demasiado torcidos para ser los de un animal, arrastres, golpes suaves en las lonas de las tiendas, como nudillos insistentes llamando a la puerta de un hogar que ya no existía. Al amanecer: camas vacías, con las mantas tironeadas hacia afuera, como si se los hubieran llevado tirando de sus tobillos. Los que salían a buscar agua o leña desaparecían sin dejar huellas: ni sangre, ni rastro, ni grito, solo silencio y un olor tenue a savia podrida. Al amanecer aparecían pequeñas figuras de ramas torcidas frente a las tiendas, como ofrendas a un Dios terrible, algo siniestro emanaba de ellas, el terror comenzó a invadir los corazones olvidados.
En medio del miedo y del hambre, los secuestros y las desapariciones, el Campamento Hereje comenzó a levantarse en armas con la torpeza de quien nunca ha sostenido otra cosa que una pala o un rastrillo. Herramientas oxidadas se afilaron hasta quebrarse, escudos improvisados nacieron de puertas arrancadas, tapas de barril y pedazos de carro. Unos enseñaban a otros a sujetar el peso de una lanza en posición de carga, muchos lo hacían temblando, pero no soltaban el mango.
Entre ellos, Durán avanzaba sin buscar los ojos de nadie. Le habían llamado “El Constructor de Casas” mucho antes de la caída de Thalmor Azuv, un apodo humilde para un hombre que había levantado muros y techos para otros mientras los suyos se derrumbaban. Sus manos cargaban ampollas viejas, endurecidas como cuero quemado por años de golpear madera y piedra; la piel de los nudillos tenía el color rojizo del metal recién apagado, su rostro, curtido por el fuego y la miseria, parecía perpetuamente manchado de ceniza, como si nunca hubiese tenido tiempo de limpiarla. Había visto desaparecer a su hijo dentro de la marcha de los condenados, tragado por la masa lenta de cuerpos que avanzó hacia el sabino podrido. El niño se había girado una vez, justo antes de perderse entre espaldas y nucas, nunca más lo volvió a ver. Durán nunca habló de eso, pero desde entonces su martillo pesaba distinto.
