Carta Corroída


A mi señor, o a quien encuentre esta carta primero:

Si estas letras os alcanzan, que sepáis que las escribo a la luz temblorosa de una llama menguante, en lo alto de una torre que pronto será mi sepulcro.

Llegamos a Borno como quienes caminan a través de la boca de un lobo. El castillo se alzaba ennegrecido contra el cielo eclipsado, sus murallas rezumaban humedad pútrida y en sus almenas se mecían raíces como estandartes de un reino sin nombre. Nadie habló durante la marcha; incluso los caballos relinchaban quedo, como si comprendieran la condena que nos aguardaba.

Las enormes puertas destruidas carecían de guardias y centinelas, solo escombros teñidos de sangre y algo más, viscoso y negro que emanaba vapor, el aire estaba corrompido, pesado, con ese olor dulzón de la fruta que lleva semanas olvidada. Dentro del patio, la peste había sembrado cuerpos en la piedra, los habitantes de Borno no estaban tendidos ni colgados: estaban estacados en el muro, convertidos en ladrillos de carne. El viento soplaba entre sus gargantas abiertas y producía un ululeo hueco, blasfemo, que helaba los huesos. Algunos de los nuestros se arrodillaron para rezar, otros temblaron como niños.

Avanzamos con cautela, pero el primero de los míos cayó sin aviso cuando una sombra lo embistió con tal fuerza que lo partió contra la piedra, y aún respiraba cuando comenzó a ser desgarrado con dientes y uñas. Desenvainamos en el nombre de la Dama del fuego, pero las sombras se abalanzaron más rápido que nuestra vista.

El segundo de mis hombres murió destrozado al enfrentar lo que parecía un caballero endurecido más allá de la carne; su espada se astilló contra él y la respuesta fue un brazo de múltiples dedos que lo abrió en dos como a un saco de grano.

Nos abrimos paso hasta un gran salón a corte y punzada, meneando las antorchas, pues parecía que el fuego los hacía retroceder. Un fuerte estruendo nos detuvo en seco: columnas temblaban, y de la oscuridad emergió algo tan pesado que el suelo se resquebrajaba bajo sus pasos. Nuestro capitán le arrojó una vasija de aceite y una flecha encendida silbó por entre nuestras cabezas, las llamas explotaron y rugieron y el monstruo gritó con voz de mil gargantas, pero aun ardiendo avanzó tres pasos más, y en esos tres pasos derribó a dos soldados de yelmo cerrado y armadura completa, quebrándoles el pecho bajo su peso antes de desplomarse como un tronco encendido.

Mientras más avanzamos por los salones sombríos, el hedor se hacía más insoportable y como una nube gris se enredó entre nosotros. Mis hermanos comenzaron a reír como dementes, el sacerdote de nuestra brigada se arrancó los ojos a manotazos, murmurando que así acallaría las voces. Yo también la escuché, mi señor, ella hablaba dentro de mi cabeza y prometía descanso si dejaba caer la espada. Me aferré a Vaelor en oración y sentí como mi conciencia se escapaba entre mis manos.

Y entonces lo vi, en lo alto de la escalera apareció una figura distinta a todo lo demás, caminaba lento, con dignidad blasfema, no atacaba, no rugía: bastó un gesto de su cabeza, y los horrores a nuestro alrededor se detuvieron. Descendió con elegancia por los escalones sucios y con un ademán de la mano izquierda, las cabezas de mis compañeros a mi lado explotaron en mil pedazos. Me quedé solo, y como reflejo, en contra de mi voluntad, me rompí el último frasco de aceite en la cabeza, y orando, me prendí fuego y corrí, cobarde y condenado, hasta encerrarme en esta torre. Pese a mi entrenamiento para resistir el dolor de las quemaduras, gran parte de mi cuerpo ha sido destruida por el fuego, mi piel chamuscada está pegada a la armadura, probablemente me queden pocos minutos de vida. Escribo esta carta con la zurda pues en la diestra no me quedan dedos. Bajo mis pies la madera golpea como tambor, sé que trepan, sé que me buscan, sé que me encontrarán.

He de deciros, mi señor, lo único que aprendimos antes de morir: el fuego por sí solo hiere, pero el fuego unido a la oración los hace retroceder como si una mano invisible los quemara desde dentro. Fue la única luz en medio de la noche. Mas ni siquiera la llama sagrada bastó contra su número.

La última antorcha parpadea. Si no soy yo quien termina esta carta, que sepáis que mi mano fue arrebatada y mi voz silenciada. Quemad Borno, quemad cada piedra, cada raíz, cada sombra. No dejéis que la plaga marche más allá de estas murallas.